Las Negras ’94

III

Las Negras ’94

Todos sabemos por experiencia propia que la publicidad es un mundo aparte que se rige por otras reglas; porque en él se emplea un lenguaje propio, más imaginativo e innovador, y a veces más efectista; porque en él se utilizan imágenes más llamativas, más evocadoras, y a veces intencionadamente chocantes o insinuantes; porque en él se establecen contextos y asociaciones capaces de crear un vínculo con nuestro mundo.

Se ofrece como espejo al nuestro. Sólo que el reflejo se convierte en espejismo, en el objeto de nuestros deseos, nuestras aspiraciones, nuestras inquietudes, bien sean auténticas, bien artificiales como fruto cultivado bajo la influencia de esta irreal realidad. Se dirige a nosotros como sujetos e intenta dirigirnos como si fuésemos objetos para alcanzar el objetivo de quien se esconde detrás del espejo.

Juega con la sorpresa, con la ambigüedad, con la confusión, con el inconsciente para acaparar toda nuestra atención, modificar nuestros hábitos de consumo y, a veces, incluso nuestra forma de actuar y de pensar.

También es un mundo lleno de creatividad, de calculada espontaneidad, de diversión. Y en su necesidad inherente de ir siempre un paso por delante para marcar el camino que se debe seguir también se ha convertido en el reflejo de la evolución de nuestra sociedad, de nuestra cultura, del espíritu y del gusto de cada época, de nuestra identidad.

Esa es la teoría. Pero el saber teórico no protege ante la sorpresa real. Así, cuando nada más establecerme en España, hace ya más de 20 años, motivada por esta curiosidad propia de los recién llegados por descubrir su nuevo entorno, recorría calles, entraba en tiendas, repasaba estanterías para encontrar en todo aquello que me resultaba nuevo y extraño algo conocido y familiar, me llevé más de una.

Muchas de estas imágenes encontradas han terminado por formar parte de la alfombra visual sobre la que se desarrolla mi vida cotidiana, algunas han ocupado un lugar destacado en mi memoria visual, y las hay que han quedado reflejadas en mi obra.

Uno de los muchos hallazgos de estas expediciones urbanas fue una pequeña lata de conservas. De ella me sonreían unas chicas que lucían curvas exuberantes, adornadas con guirnaldas de flores que llevaban como única vestimenta una falda de paja que parecía mecerse con los suaves movimientos de cadera al son de.. ¿una guitarra hawaiana? Unas grandes aceitunas negras tapaban conveniente-mente lo que de la generosidad ‘bailaora’ sólo se debía imaginar.

Éste es el origen de “Las Negras”: una tarde en una tienda de ultramarinos en un barrio de Madrid. Y una imagen que aún hoy me deja atónita. ¿Qué relación guardan estas alegres y despreocupadas chicas hawaianas con……

Pongamos “La Reme”, y su espalda doblada, sus manos fuertes, ásperas y cansadas, la cadera ancha de buen parir, la mirada sabia y un tanto resignada con destellos de alegría según le diera el sol de un día de otoño tardío.

Así fue cómo mis obras se volvieron cada vez más figurativos, cómo el ser humano comenzó a cobrar protagonismo y cómo mi interés se centró cada vez más en las personas como narradores de historias cotidianas.

Al fin y al cabo, los tapices pictóricos siempre solían contar historias….

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