un viaje al pasado imaginando el futuro

A mediados de esta semana he bajado a Carrión de los Condes, para concretar con Lola Calleja in situ  los detalles para la exposición de mi tapiz más reciente, que tendrá lugar del 25 de marzo hasta el 1 de abril.

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Un encuentro sumamente agradable, máxime cuando una recibe todas las facilidades y siente  la disposición plena y amabilidad personal del equipo fijo y temporal (me he encontrado con Franziska, una chica alemana, de Jena, que lleva siete meses en Carrión realizando un voluntariado en el marco del programa Erasmus Plus (lo digo por lo del „sentir europeo“ que me ronda por la cabeza desde hace tiempo y, especialmente, desde que estoy  desarrollando el proyecto trans-europeo del KUKUmobil).

Y naturalmente aproveché la ocasión para darme una vuelta por Carrión, recordando la primera y última vez que estuve, hace unos cuantos años atrás.

Espero no ofender a nadie, que no es mi intención, pero desde hace tiempo, y más aún cuando las circunstancias me llevan a recorrer pueblos de Tierra de Campos, o de la „Castilla profunda“, como nos decían en Madrid cuando comentamos a dónde nos íbamos a mudar hace ya 10 años, me invade una sensación de desolación y tristeza y me resulta difícil imaginarme un futuro para estas tierras que tanto sufren el problema de la despoblación.

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Puede que no sea la más indicada para decirlo, porque no me veo capaz de aportar un análisis objetivo tras diez años de relación de amor-odio, de entrega y recelo; o quizá lo sea más que muchos, por haber hecho el intento de comprometerme con esta tierra, de hacerme hueco en ella sin haberlo conseguido, pero hay una palabra que define lo que siento, cuando voy -como el otro día ha sido el caso- un día cualquiera, entre semana, en temporada baja, por los pueblos y respiro su cotidianidad. „Desangelado“ es la palabra que se antepone a cualquier otra, palabra evocadora de imágenes y sensaciones, de silencios, de más ausencias que presencias, de más idas que venidas, de más „para-qués“ que „pro-qué-nos“.

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Después de 30 años en España no me resulta fácil irme de este país que ha visto como me enamoré de ‚uno de los suyos‘; que ha visto nacer a mis hijos y los ha visto partir; que ha visto como hemos intentado de mil maneras encontrar una fórmula para poder quedarnos y para que se nos reconozca lo que sabemos aportar a la sociedad, y como al final nos vemos obligados a recoger los bártulos para intentarlo en otro lugar; y también me ha dado grandes amistades, esas que duran toda una vida y aguantan distancias geográficas y temporales.

Es cuando recorro este territorio, cuando más intensamente siento las heridas y brechas. En las grandes ciudades es fácil perderlas de vista y de la conciencia. Pero en los pequeños pueblos del centro de España es donde una no puede evadir esta desolación, por bien y por mal.

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No soy especialmente religiosa, no sé cuanta gente recorre el Camino de Santiago en temporada baja, no sé lo que puede costar y los peligros para la propiedad que puede acarrear el que las iglesias estén siempre abiertas, no sé de qué vive la gente en el área de influencia del camino de Santiago cuando no es temporada, ni de lo que viven en aquellos que no tienen atractivo turístico, no sé los hábitos y las dinámicas de los peregrinos, no sé quienes gestionan los espacios de interés turístico, no sé los esfuerzos que hacen en cada uno de ellos, ni la resignación que puede haber, no sé los datos concretos de pérdida de población ni las cifras en otras comunidades, lo que sí sé es que el otro día, un  miércoles del mes de marzo, día soleado y tranquilo, de vuelta a casa he hecho la ruta de Carrión _ Villalcazar de Sirga _ Frómista, ruta que por otro lado no es nada excepcional, más bien habitual, cuando se va del sur al norte, me invadió una sensación de gran tristeza.

No soy practicante de ningún culto religioso, pero lo cierto es que, habiendo nacido y crecido en un entorno cristiano, las iglesias siempre me han parecido un lugar de recogimiento, de concentración, de sosiego, de refugio y de espiritualidad. Creo que el hecho de que comunidades de personas ejerzan juntos un culto durante siglos carga determinados espacios con una energía especial. Quizá no todos, pero muchos sí. O dicho de otra manera, creo que la búsqueda meticulosa de lugares para el establecimiento de espacios de culto está estrechamente vinculada con el aprovechamiento de flujos energéticos que constituyen un bien común, por lo que siempre he sentido el impulso de entrar en ellos, incluso siendo no practicante del culto en cuestión. Vamos, que es un dar y tomar.

Por ello me llena de tristeza y rabia cuando me encuentro, como el otro día, con todas las puertas cerradas. Qué temerá perder la Iglesia Cristiana para no querer abrir sus templos al visitante casual, peregrino o no, creyente o no. O se ve tan abocada por rentabilizar económicamente el patrimonio construido con el esfuerzo colectivo del pueblo que ha llegado a la conclusión que sólo en determinados momentos del año el ingreso obtenido a través de la venta de entradas justifica la apertura de los templos. Me hubiera gustado sentarme un rato a pensar, o a no pensar nada, en Villalcazar, o en Frómista o en Carrión. No sé como lo siente un peregrino. No sé cuantos hacen el camino en condición de cristiano practicante, o con la intención de encontrarse consigo mismo, no sé  si suelen hacer parada en las iglesias con las que se encuentran en el camino, igual no les da tiempo, igual en alguna sí y en otra no, igual están mejor informados que yo, sobra las que están abiertas y las que no. A mí, cada vez que voy y empujo la puerta de una iglesia y noto que no cede, siento pena por el momento de recogimiento abortado. Y buena falta nos hace el recogimiento. Evidentemente no son las iglesias el único lugar donde practicarlo, se puede hacer en la playa, en el bosque, en una pradera, en un bar, en una cueva, en casa o donde cada uno quiere hacerlo, pero las iglesias también lo son.

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En fin, el otro día pensé que menos mal que no me he desplazada a propósito para visitarlas, que  no soy turista; y si lo fuera, que no se me ocurra transitar por estas tierras un día cualquiera en temporada baja, salvo que quiera palpar la realidad de este territorio cada vez más despoblado.

Dicho sea de paso: La Renta Básica Incondicional no es una varita mágica capaz de cambiar de la noche a la mañana todos los desaguisados existentes, pero creo que puede ser una herramienta muy útil para ayudar a cerrar brechas, entre otras la que existe entre lo rural y lo urbano.

 

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