Madrid _ 3 días / 1 cine

Empieza a convertirse en una simpática costumbre: aprovechar la visita a „la gran ciudad“ para ver una peli. Muchas veces procuro que sea algo de este cine periférico, lejos de las grandes corrientes de producción, distribución y consumo. El cine periférico que por desgracia no suele llegar a las periferias, porque no hay caminos que lo permiten. El cine crítico, independiente de verdad, experimental, en versión original, el pequeño cine de las pequeñas salas y los pequeños festivales, que más fácil encuentra un hueco de proyección y público en la gran ciudad, porque en ciudades como Madrid hay gente para todo. Aquí también, pero no en cantidades suficientes. Todo se dispersa, se fragmenta, se atomiza……

Pues esta vez no ha sido ni experimental, ni extranjera la peli que he visto:

El olivo, de Iciar Bollaín

.

Dice Iciar Bollaín en las „notas de la directora“ que

„El olivo es un cuento moderno, una historia sencilla pero espero que profunda y sobre todo emotiva. Una fábula que tiene como paisaje nuestro pasado reciente, con el boom económico y la crisis posterior y como protagonistas a Alma, una chavala en guerra con todo, que con su viaje en busca del olivo no deja nada ni nadie intacto. Empezando por ella misma.“

Emocionar, sí que emociona, y como desde hace tiempo no tengo problemas con soltar la lágrima cuando me lo pide, salí del cine con los ojos mojados. Emociona, sí, pero de una manera confusa. Hay una profundidad en la película aunque no se cuenta, que solo se deja entrever de vez en cuando y sentir difusamente, como las raíces del árbol protagonista; una emotividad que remueve las tripas, pero lo hace de esa manera ambigua que cuando luego después del cine y con una cerveza y unas aceitunas en la mesa se comentan los pormenores, y  la mente recupera el lugar habitual, se empieza a diluir y se echa de menos un desarrollo más cuidadoso de la complejidad de cada personaje.

En este sentido, a veces hasta que me parecía demasiado sencilla. Recordando la ultima película de Iciar Bollaín que yo había visto, „Te doy mis ojos“, que me encantó entre otras cosas por sutileza en los diálogos hablados y más aún en los silenciados, y la manera de construir los personajes y sus relaciones, en el caso de El Olivo me pasó más bien lo contrario.

Quizá la clave esté en el concepto del cuento, en la construcción intencionada y a veces un poco forzada o estereotipada. Quizá una de las características del cuento es que ha de quedar claro quien es bueno y quien es malo; y la luz solo ilumina ciertas facetas bien definidas, las que sirven para la historia; y que estas facetas se unen para obtener un hilo conductor claro e inequívoco, que no se ocupa de cabos sueltos, de contradicciones, de dudas y todo lo que queda en el lado oscuro. Si pienso en los cuentos de mi infancia y mi capacidad y voluntad infantil de querer agarrar este hilo y no soltarlo hasta el final, puedo entender la sencillez  con la que se dibujan los personajes.

Pero me ha costado aceptar este reto de cuento. Yo quería captar estos cabos sueltos para empezar a tejer la complejidad de los personajes y la desatención con la que se abandonan todos ellos a favor de algo que se acerca peligrosamente a una acumulación de tópicos me produjo cierta irritación.

El abuelo que se encapricha con la nieta , en otra lectura y con otros ojos, bien puede pasar por un auténtico capullo, un  patriarca que tiranizó a sus hijos. Se deja entrever, se menciona en una frase, pero este lado del personaje queda eclipsado por el del abuelo testarudo guardián del pasado y víctima de un concepto de desarrollismo o progreso poco sostenible. Al igual que Alma, vista con otros ojos, parece no solo ingenua, que podría ser simpático, sino que con su actitud egocéntrica pone en evidencia el poco respeto hacia lo que queda fuera de esta relación mágica que tiene con el abuelo: miente, engaña y abusa del cariño que despierta en la gente y la confianza que la brindan. En fin……

Quizá eso sería para contarlo en otra película, y no sería este cuento….. de El olivo.

Aunque en general me hace sentirme incómoda y me resulta difícil aguantar los diálogos cuando se convierten en una avalancha de tacos gritados _a pesar de saber que es costumbre de mucha gente hablar así_  hay algún que otro golpe divertido, que se agradece.

Y creo que la escena que más me llegó es la que tiene lugar en la cabina del camión, en el viaje a Düsseldorf, en el que los diálogos hablados y no hablados llenan el pequeño espacio compartido por Alma, Alcachofa y Rafa; y se hacen palpables la complejidad de cada personaje y el entramado que en este pequeño universo les ha enredado: los sueños, las ilusiones, los amores no vividos y los no declarados, las decepciones, las confusiones, los miedos, las mentiras…… de unos y otros. Un tramo donde el cuento se sale de su carcasa para convertirse en algo más denso y más profundo.

Raices y arraigo, inercias e impulsos, migraciones y éxodos, progreso, desarrollo, sostenibilidad, resistencia  y resiliencia…… muchos cabos con los que tejer una tupida manta.

Si podéis verla, hacedlo y lo comentamos. A mi me dio la sensación de que todos los cabos que me podía imaginar y desear estaban ahí, ocultos, como si hubieran faltado ganas de cogerlos y ponerse a tejer. Y por ello queda floja, hay demasiados agujeros por donde puede escapar la tensión, la atención y la emoción.

Y ya que hablamos de árboles, quiero meter una pequeña cuña. No tenemos olivos en la parte de España que habito actualmente, pero si un objetivo de nuestra sociedad debe ser el de alcanzar una convivencia respetuosa con el patrimonio vegetal que nos rodea, que es bien común de todos,  creo que tenemos que cambiar el tratamiento que recibe el arbolado urbano en muchos lugares, al menos de por aquí.

Tomo como ejemplo los castaños del Parque del Cupido en Reinosa, más que nada, porque en mi camino a la estación de autobuses para emprender el viaje a Madrid me llamó la atención la poda brutal que habían sufrido, que más que poda es mutilación.

Siempre se ha dicho que los alemanes tenemos una relación muy especial con los arboles, con los bosques. No sé si es verdad o no, pero lo cierto es que cuando paseas por muchas ciudades grandes de Alemania, y últimamente paseo sobre todo por las calles y los parques públicos de Berlín, veo, disfruto y agradezco la presencia de castaños, robles, hayas, etc. que provoca la sensación de una agradable compenetración entre seres vegetales y edificios. Todo es mejorable, cierto, pero no hay punto de comparación y, sobre todo, no hay explicación por esta práctica tan desastrosa que aquí se lleva a cabo.

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