recortes

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Es una cuestión de edad, ya lo sé, bueno, y de conciencia también. Pero principalmente de edad. Porque no es lo que nos enseñaron, es simplemente lo que hemos vivido en nuestras casas, de pequeños, lo que nos ha marcado de forma consciente o inconsciente. Mis padres son hijos de la ultima gran Guerra, vivieron con hambre, con desarraigo, vivieron una infancia lejos de los juegos en el patio del colegio, escondidos en los bosques o entre escombros, no entendían, pero sentían la tensión, el miedo, la incertidumbre, y el lento despertar del optimismo.

Son cosas que marcan. Mi madre toda su vida tuvo despensa, incluso cuando vivía cerca del supermercado. Azúcar, harina, algo de pasta. Mi madre nunca jamás tiró comida. Si quedaba poco, solía terminar por comérselo ella, con o sin dieta, antes de meter el plato o la olla en el fregadero; y si la cantidad valía la pena, se aprovechaba el día después. Ignoraba las fechas de caducidad. Pero tampoco nunca ha sido capaz de comerse un solo conejo. Como nunca ha sido capaz de comprarse algo a plazos. Siempre ha ido con el dinero en mano. Costumbres.

También reutilizó todo lo reutilizable. De las sábanas gastadas se juntaron las partes exteriores en buen estado y cuando dejaban de estarlo se hacían fundas de almohada y cuando las fundas se gastaban se hacían trapos de secar o pañuelos y cuando no servían ya, terminaban su vida como trapos de limpieza de cristales o de botas, según la ad_herencia cromática que aportaban.

Los jerseys se tricotaban y cuando quedaban pequeños se deshacían para tejer de dos viejos uno nuevo, a veces con las combinaciones de color un tanto dudosas y a veces también para diversión de mis compañeros de clase.

Algo de eso, pienso a veces, penetra en la genética y se manifiesta en diferentes momentos de tu vida. Hace 20 años, Juanjo y yo nos construimos nuestro primer armario con tableros de pino que barnizamos en color cerezo, un armario grande de 2,40 m de altura y tres compartimentos. Conseguimos que nos se cayera. Pero en las tres o cuatro mudanzas posteriores, este armario se convirtió en estanterías varias, primero altas con baldas anchas, luego estrechas, y luego cada vez más cortas y bajas. Después de 20 años de constante transformación, la mayoría de las baldas se han mimetizado, y se han dispersado. Otras están prestando su ultimo servicio, ayudando a combatir el frío que está llegando con ganas de quedarse un rato. Costumbres. Ciclos. Vida.

A veces me río de mi misma recordando estas cosas en medio del caos propio de una mudanza.

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