AeC y la naturaleza humana

Desde hace semanas me estoy peleando conmigo misma, intentando aclararme, intentando entender el por qué no entiendo nada, intentando entender por qué hay gente que no entiende lo que entiendo yo, intentando mantener viva la ilusión, intentando domar la urgencia que siento y entiendo que debería sentir mucha más gente, intentando animar a los que están fuera a que se acerquen, vean, opinen y al ser  posible ayuden a mejorar lo presente.

Anoche no he podido dormir. Gran peligro, porque mis ojos cansados tampoco me dejaron tejer. Sin dormir ni poder tejer me queda la lectura o la escritura. Dividí la noche en dos, leí sobre la Renta Básica Incondicional y escribí este cuento, principalmente para mí, igual también para alguna gente que estamos empeñados con la idea de la confluencia ciudadana, popular, o como queréis llamaros. La confluencia entre nosotros.

Vivo en la Montaña Palentina, territorio hermoso, parajes bellos y un sinfín de rutas por doquier que invitan a recorrerlo.

Evidentemente, en estos 10 años que llevo aquí no han faltado las excursiones para descubrirlo, conocerlo y disfrutar en y con él, algunas en soledad o en familia, otras acompañada de un grupo más o menos nutrido de gente. Dependía de cada contexto.

Por naturaleza tiendo a la soledad cuando me introduzco en el entorno natural. Me gusta el silencio, me gusta observar, me gusta intentar entender lo que me rodea y formar parte de ello, paulatinamente. La lentitud es parte de mi forma de ser.

Pero también me gustan las salidas en grupo. Tienen su aquél y con unas cuantas he disfrutado mucho, no tanto de la Naturaleza, pero si de la convivencia en el camino y en la meta, algunas veces he aprendido, las demás, algunas veces he enseñado, algunas veces era importante estar, sin más.

Si el grupo es más o menos homogéneo, en edad, capacidad física, intereses, etc. es fácil encontrar la dinámica apropiada y todo va bastante fluido. Lo complicado es lo otro.

El previo

Eso lo conocemos todos, creo: A alguien le tocó organizar la ruta. Se mandan unas indicaciones básicas, por si acaso. Como no se conoce la peña no se sabe muy bien qué es lo que puede darse por sobreentendido y qué no. Mejor prevenir que curar. Así que se dice lo básico: ropa cómoda, buen calzado, comida y agua para todo el día.

Ya empezamos. Ropa cómoda, ¡Vete-tu-a-saber qué diablos entiende la peña por ropa cómoda, o buen calzado, ….. Pero tampoco es plan mandar una lista como estas que se mandan para el campamento escolar. Al fin y al cabo, los menores de edad vienen acompañados de adultos, y cada uno sabrá, digo yo.

Los hay que además de leer el mensaje (porque seguro que hay alguno que no lo ha leído, que va, porque sí) buscaron en Internet toda la información disponible sobre la ruta propuesta (dificultad, altura, pendientes, vistas, particularidades, fuentes en el camino, cruces de carretera, puntos peligrosos, etc.) y sobre todas las demás rutas alternativas que se pueden hacer por ahí. Los hay que han mirado la previsión del tiempo la noche anterior y otros que se han asomado por la ventana al levantarse. También los hay que pasan de todo y llenan la mochila con lo que creen que puede ser necesario “por si acaso”.

Hasta ahí bien. Diversidad al poder, autonomía al poder.

Y las mochilas, que me decís de las mochilas y su contenido. ¡Ostris, las mochilas, no es moco de pavo, es todo un mundo!

Para empezar y para dejarlo claro una vez más, los que en una situación así más suspicacia despiertan en , o más preocupación, si se quiere, son aquellos que se presentan SIN mochila o algo equivalente. En fin, ya sé que hay gente extrema, porque hay gente pa’ to, y hay gente con un aguante tremendo y una resistencia infinita, pero andar todo el día por el paisaje sin agua ni nada que comer, no sé, no sé. ¿Es insensatez? ¿O un descuido puntual? ¿Fruto de unas circunstancias determinadas? ¿Intención?

Hay mochilas grandes y pequeñas, también las hay de tamaño medio, por supuesto; hay las nuevas a estrenar y las viejas, llenas de manchas, rasguños, quizá con algún parche; hay las que solo con mirarlas se notan pesadas; hay las tradicionales y las hay high-tec. Todo un mundo en mochilas.

Y todas misteriosas, porque por mucho que podemos hacer cábalas y suposiciones, partiendo de la vestimenta y de los gestos de sus portadores, pasando por el aspecto de ellas mismas, (reconozcámoslo, todos nos dejamos influir por lo que nos entra por el ojo, otra cosa es que nos demos cuenta o no) no podemos tener seguridad alguna sobre el contenido con el que su dueña o dueño ha decidido llenar los compartimientos y bolsillos interiores, entendiéndolo aconsejable, útil o incluso imprescindible para esta caminata.

En camino

No vienen en autobús, porque son pocos de cada lugar diferente. La dispersión geográfica dificulta la organización. Algunos han compartido coche, otros no.

Más o menos llegan todos puntuales al punto de encuentro y partida, solemos esperar un poco, por si acaso. Yo tiendo a esperar más bien poco, por respecto a los que han hecho el esfuerzo de ser puntuales, pero intento cumplir con los minutos de cortesía.

Nos ponemos en movimiento. Si ya habéis hecho algunas excursiones, sabéis que en seguida se ve como el pelotón se va abriendo sutilmente. Un pequeño grupito de gente está en cabeza. Con el tiempo se ve que les cuesta esfuerzo contener el paso. Son los que más en forma física están, o los más acostumbrados a poner el “autopiloto” en una meta sin pararse mucho en lo que hay en el camino, o simplemente suelen ir a paso ligero por naturaleza, incluso en la avenida principal de su ciudad.

Casi inevitablemente llega un momento en el que se abre el primer claro, porque la contención inicial ya no es sostenible. Y la separación entre este pequeño grupo de avanzadilla y el pelotón paulatinamente se hace más y más grande. De vez en cuando se dan la vuelta, o no, y miran con cara de circunstancias hacia los que les siguen, pero por lo general tiran pa’lante. Puede que incluso pierden de vista a los demás. Eso sí, cuando llegan a una bifurcación dejan una marca clara e inequívoca, cuando hay un riachuelo ponen piedras para cruzarlo, cuando hay un tramo difícil lo señalan, cuando hay una zarza, intentan colocarla fuera del camino, cuando hay una verja, un pastor eléctrico, un charco, cualquier obstáculo que sea, encuentran una solución y la dejan a disposición de los que vienen detrás.

Algo parecido pasa en la cola del pelotón, por motivos distintos. Ahí están los que van a otro paso. Los hay que van con niños y los niños, igual al principio salen corriendo como potrillos, pero llega un momento que se aburren porque no entienden muy bien esa cosa de los mayores de “querer llegar a una meta”. La meta les da igual, quieren disfrutar del camino, todo es nuevo, todo es sorprendente, todo es una aventura. Pero no puede ser. Así que les toca a los padres inventarse pequeñas metas intermedias, pequeños retos que pueden mantener la atención volátil de la mente infantil.

A veces pasa que en el grupo hay alguien con un don especial, capaz de hacerse cargo de este colectivo de gente menuda y mantenerles -aún con una dinámica paralela- a la altura del pelotón, y a veces consigue hacerlo sin que se den cuenta del esfuerzo que están asumiendo o de la renuncia de su propio “modus operandi”. Lo suele hacer por naturaleza, sin esfuerzo alguno, sin protagonismo. Hay gente que es así.

También hay gente no muy acostumbrada a las caminatas, con poco aire por falta de ejercicio, mermados en su capacidad física por algún percance de salud puntual, crónico o permanente. Normalmente es un colectivo que reflexiona mucho antes sobre sus posibilidades y siente temor a convertirse en una rémora y frenar el avance del pelotón.

A veces pasa que en el grupo sale gente con un don especial por hacerles sentir cómodos, hacen bulto con ellos y asimilan su compás con la más absoluta naturalidad, como si fuera de ellos. Lo suele hacer por naturaleza, sin compasión, ni pretensiones de ningún tipo. Hay gente que es así.

Hay gente que ha llevado su perro y gente que tiene pánico a los perros, y normalmente se establece de forma invisible un orden en el grupo para que todos puedan disfrutar relajadamente del camino.

Claro, si vas en grupo, con niños, con perros, con avanzadillas, etc. no esperes que vayas a ver animales o escuchar el canto de un pájaro particular. Será frustrante en todos los sentidos.

Después de la primera cuesta es normal que el pelotón inicial se ha convertido en una larga fila de gente, eso sí, más o menos apelotonada en algunos tramos. Hay gente que anda charlando y gente que charla andando. Ojo, en los tramos llanos casi da igual, en las cuestas ya no tanto.

A veces pasa que hay alguien que hace la función de “perro pastor”, recorre constantemente de arriba hacia abajo y de abajo hacia arriba el grupo de excursionistas para ver si está todo bien, si no falta nadie, a veces “muerde” un poquito a los rezagados, a veces le da un toque a alguna fotógrafa, botánico, setera, o herbófilio, que puede haber en el pelotón, dándole las instrucciones adecuadas para que pueda recuperar la conexión con el grupo. También avisa a los que van por delante de que quizá se están alejando demasiado. Lo suele hacer por naturaleza, no porque le toque esta función o porque quiera figurar. Hay gente que es así.

Hay gente que saca de su mochila una tirita cuando alguien la necesita, hay gente que ofrece ciruelas pasas para reponer energías o para animar al personal. Hay gente con una crema solar de alto factor de protección, hay gente con una gorra o un pañuelo, un chubasquero o un par de calcetines de más en su mochila. Hay gente que lleva prismáticos para ver lejos, otros que llevan lupa para reconocer los pequeños seres vivos que se escapan de nuestros ojos. Hay gente que es así.

La parada

Llega un momento en el que el ruido del estómago ya no se puede hacer callar, con suerte hay un lugar especialmente indicado para hacer la parada picnic, quizá con sombra, agua fresca, al resguardo, en fin, un lugar agradable para descansar y reunirse todo el pelotón para un tiempo de convivencia. A veces no existe este lugar y cada uno tiene que buscarse el apoyo, la postura más cómoda a título individual.

Es cuando llega el momento mágico de abrir cada uno su mochila y sacar lo que lleva dentro, al menos parte.

Hay gente que lleva el bocata, su bocata individual, envuelto profesionalmente en papel albal. Porque les gusta comer de bocata, porque igual tienen una dieta especial, porque no han tenido tiempo para preparar otra cosa o no han tenido otra cosa de la que preparar algo. Hay gente que lleva la típica tortilla en un tupper o el chorizo, la fuet, el bizcocho salado o dulce, los pastelitos, los frutos secos, o lo que sea, lo corta en cachitos y el tupper o la tabla empieza a dar vueltas para que todo el mundo coja un cacho. Yo incluso he visto gente que llevaba mantelito. Hay latas de bebida, botellas de medio litro o de litro y medio y alguien habrá traído una bota, seguro. No recuerdo ninguna excursión en la que haya participado, en la que no haya habido de forma orgánica una voluntad colectiva de procurar que al final de la parada todos nos sintamos descansados y con fuerzas para seguir.

Todos recogemos nuestras pertenencias al levantarnos. Hay gente que recoge todo, otra que deja los residuos orgánicos porque entiende que es un aporte natural, otra que los deja pero los entierra, para que el impacto visual para los que puedan venir después sea mínimo.

Reanudamos la marcha. No se queda nadie, salvo que haya un problema grave. A mí solo una vez me ha pasado, porque alguien se hizo un esguince en el tobillo y era evidente que no podía seguir. Había venido solo a la excursión. Y pasó que salieron voluntarios para ayudarle y acompañarle. Y lo hicieron por naturaleza, y la renuncia a llegar a la meta en ningún momento les supuso un esfuerzo. Hay gente que es así.

La llegada

Al final se llega. Siempre se llega. A algún lugar siempre llegamos. Solo una vez me pasó que tuvimos que volver porque se había montado en menos de media hora tal tormenta que decidimos que era irresponsable seguir adelante. Pero casi siempre se llega. Miento, me acuerdo de otra ocasión en la que la ruta iba por la montaña y la hicimos pronto en primavera y durante el invierno, un desprendimiento había bloqueado el camino y decidimos que no había tiempo ni tenía sentido buscar una senda alternativa.

Llegamos, pues. Mientras se espera a los últimos se acomodan los que han llegado primero. Disfrutamos, de nuestro logro, de nuestro esfuerzo, de las vistas, del aire. Tomamos agua, comemos una manzana, un plátano, un trocito de chocolate. Hacemos fotos. Los unos a los otros, al paisaje, a nosotros delante del paisaje, a otros delate del paisaje, al paisaje detrás de nosotros. Hacemos fotos, con el móvil, con la cámara compacta, con la reflex.

Alguien propone la foto del grupo. Si la marcha ha sido reivindicativa colocamos una pancarta, un algo distintivo para que se vea bien. Alguien busca un palo para colocar el móvil, alguien utiliza el bastón.

A veces incluso hay alguien con un trípode de estos superligeros o alguien especialmente imaginativo que construye un soporte para su cámara que tiene disparador automático. La idea que flota en el aire es que todos queremos que todos estemos y al final lo conseguimos. Hay gente que se siente poco fotogénica y rehuye normalmente las cámaras, pero no la importa ser una cara más en un pelotón de caras felices. Hay gente a la que le gusta posar delante de la cámara y seleccionan cuidadosamente las fotos que les favorecen, para descartar las que no, pero ahí no les importa si salen con los ojos cerrados o con una muesca. Hay gente que se suele gustar con gesto serio, o risueño, pero en esta foto de grupo no le importa cómo están con tal de estar. Los altos suelen ponerse atrás, a los pequeñitos se les suele hacer hueco delante, si el grupo no cabe nos estrujamos un poco y algunos se tumban delante o se ponen en cuclillas. Y todo esto de una forma orgánica, con las mínimas indicaciones. Todo el mundo parece entender de qué se trata. Y todo el mundo está contento de estar ahí. Luego además se intercambian correos electrónicos para hacerse llegar las fotos los unos a los otros.

A veces se presta alguien a editarlos, publicarlos en algún lugar coherente, incluso sacar una copia en papel para los que no se manejan en el mundo virtual. Hay gente que es así.

Yo creo que la naturaleza del ser humano es buena, es hermosa, si dejamos que se desarrolle en un clima de libertad y confianza mutua.

¿Si esto funciona en las excursiones, porque no puede funcionar en los espacios de confluencia, porque no podemos confluir muchas más personas en espacios como Ahora en Común?

Oh, se me olvidó. Claro. En mi historia hay una ruta y una senda predeterminada. En el caso de AeC estamos llevando a la práctica lo que decía el poeta: Hacemos camino al andar.

Pero si os fijáis, en toda la historia no se hace mención de la ruta, ni de la meta. Pero si de la naturaleza humana. Quiero creer que la naturaleza humana no cambia del claro al oscuro por tener o no tener una senda predeterminada. La tenga o no la tenga -la ruta-, siempre hay gente así, buena gente. Eso es lo importante. Creo.

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Una respuesta a AeC y la naturaleza humana

  1. Javier Castro dijo:

    Estimada Andrea:
    Entiendo la metáfora de la ruta, el camino, la meta, las compañeras y compañeros de la excursión. Me parece muy acertado el paralelismo con AeC.
    Quizás en esta excursión que iniciamos hace unos meses con el encuentro de Semillas de Unidad la comenzamos con demasiada ingenua ambición, quizás no supimos ver las dificultades, ¿trampas?, que encontraríamos en el camino. No importaba, sólo veíamos, por lo menos a mí me ocurrió, que lo importante era, eso, caminar juntos con un mismo objetivo, una misma meta.
    Sin darnos cuenta que no tod@s las excursionistas querían llegar al mismo destino y que harían todo lo posible porque la excursión fracasara.
    Perdóname mi exceso de pesimismo. Aunque tenga claro que la Confluencia no se va a dar a través de las personas no por ello reniego de ella, pero no será esa Confluencia deseada, sino pactada en despachos mientras nosotr@s nos dedicábamos a pasear por la montaña en busca del entendimiento de una nueva forma de hacer realidad ese sueño de una regeneración política, que no será posible hasta que no haya una regeneración personal en quienes queremos que esto ocurra.
    Agradecido por haber caminado junto a gente como tú, cómo Arturo, cómo Josemi, como toda esa gente que metió sólo en su mochila lo necesario para el camino, sin rutas preestablecidas.
    Gracias, Andrea.

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